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Análisis

La destitución de Dilma: geopolítica y petróleo

Por Gabriel Esteban Merino* para (www.GLOBALPOLITIK.org) -  La cumbre de los BRICS en Fortaleza, Brasil, realizada el mes de julio de 2014 marcó un antes y un después en la política de dicho país. Allí, con la presencia de Argentina junto a los cinco países que conforman los BRICS y los socios de UNASUR, se proyectó la creación de un Nuevo Banco de Desarrollo con 50.000 millones de dólares y de un Acuerdo de Reservas de Contingencias por 100.000 millones de dólares. Ambas creaciones constituyeron la institucionalización de una arquitectura financiera paralela por parte de los bloques de poder emergentes que desafían la unipolaridad del proyecto de capitalismo financiero global y el dominio angloamericano. Todo ello, en el patio trasero de Estados Unidos.
La destitución de Dilma: geopolítica y petróleo

Por Gabriel Esteban Merino* para (www.GLOBALPOLITIK.org) -  La cumbre de los BRICS en Fortaleza, Brasil, realizada el mes de julio de 2014 marcó un antes y un después en la política de dicho país. Allí, con la presencia de Argentina junto a los cinco países que conforman los BRICS y los socios de UNASUR, se proyectó la creación de un Nuevo Banco de Desarrollo con 50.000 millones de dólares y de un Acuerdo de Reservas de Contingencias por 100.000 millones de dólares. Ambas creaciones constituyeron la institucionalización de una arquitectura financiera paralela por parte de los bloques de poder emergentes que desafían la unipolaridad del proyecto de capitalismo financiero global y el dominio angloamericano. Todo ello, en el patio trasero de Estados Unidos.

Este paso se dio en medio de la agudización de los enfrentamientos mundiales después del conflicto en Ucrania. Allí cambió cualitativamente en términos geopolíticos la transición histórica que vivimos: los enfrentamientos entre las fuerzas multipolares emergentes (principalmente China y Rusia, pero también el incipiente bloque Latinoamericano entre otros actores) contra las fuerzas unipolares del llamado “Occidente” pasaron a ser directos y en territorios centrales de disputa, como la propia Ucrania y el Mar de China.[i]

A partir de esos acontecimientos se habla de una nueva guerra fría, una guerra mundial fragmentada según el Papa Francisco o una guerra global de cuarta y quinta generación. Todos los territorios están en disputa y el objetivo estratégico, según Joseph Nye (intelectual y estratega de Estados Unidos-Harvard), es penetrar el profundamente el territorio del enemigo para destruir su voluntad política. No hay un “afuera” en esta guerra en todos los frentes, con todos los medios y completamente descentralizada, donde se despliega un conjunto de maniobras de golpes blandos. Y Brasil, como toda Latinoamérica, es uno de los territorios centrales de la disputa global. Es claro a partir de 2011, cuando se lanza la Alianza Pacífico, que ya no es tolerado un bloque latinoamericano con autonomía relativa y aliado a los bloques emergentes, expandiéndose desde el MERCOSUR y el ALBA.

En julio de 2014 eso ya constituye una afrenta total al occidente dominante, es decir a las clases y actores que sostienen el proyecto de capitalismo financiero global; el cual no puede resolver su crisis (la crisis del “occidente” extendido) si no subordina a los bloques emergentes, construye una arquitectura de poder político y militar global acorde a la necesidad del capital transnacional y abre nuevos espacios de acumulación del capital garantizados en términos políticos-jurídicos. De allí la necesidad de avanzar con el Tratado Trans-Pacífico (TPP en inglés), la Alianza del Pacífico en América Latina y el Acuerdo Trans-Atlántico con Europa (TTIP) al que se oponen cada vez más el eje franco-alemán.

Kissinger es el autor de la frase (o fórmula geopolítica en el patio trasero), de que “hacia dónde se incline Brasil se va a inclinar América Latina”. Brasil no es sólo un pivote geopolítico sino que en los últimos años, en plena crisis mundial y con la emergencia de un mundo multipolar, se convirtió en un actor geoestratégico. Lo es bajo tres condiciones: 1) en la medida en que triunfó a partir de 2002 un bloque de fuerzas neodesarrollistas, nacionalistas y populares, que llevaron al PT y un conjunto de aliados políticos al gobierno. 2) en la medida en que pudo constituirse en un actor estratégico de una América del Sur integrada bajo el paradigma del regionalismo autónomo para construir un bloque de poder propio. 3) en la medida que se desarrolla una alianza mundial con los bloques de poder emergentes de la nueva multipolaridad, expresada en los BRICS.

La preocupación anglosajona se expresa con total claridad lo expresa el Informe sobre Amenazas Globales de los EE.UU., que trabaja en profundidad la investigadora Lourdes Regueiro, en el trabajo “La Alianza del Pacífico: un pilar para el apuntalamiento del liderazgo global de Estados Unidos”. En dicho informe para el Congreso de febrero de 2011, redactado por James Clapper, puede leerse:

“Los esfuerzos regionales que reducen la influencia de EE.UU. están ganando algo de tracción. Se planifica la creación de una comunidad de América Latina y el Caribe, prevista para inaugurarse en Caracas en julio, que excluye a EE.UU. y a Canadá. Organizaciones como la Unión de Naciones del Sur de América (UNASUR) están asumiendo problemas que fueron del ámbito de la OEA. En efecto, los países de América del Sur, con una o dos excepciones, cada vez más están recurriendo a la UNASUR para resolver los conflictos o disturbios en la región.”

“El éxito económico de Brasil y la estabilidad política (sic) lo han puesto en la senda del liderazgo regional. Brasilia es probable que continúe usando esa influencia para enfatizar UNASUR como el primer nivel de seguridad y mecanismo de resolución de conflictos en la región, a expensas de la OEA y de la cooperación bilateral con los Estados Unidos. También se encargará de aprovechar la organización para presentar un frente común contra Washington en asuntos políticos y de seguridad regionales. (sic)”

Como se ve claramente, la estabilidad política y el éxito económico de Brasil aparecen como un problema geoestratégico para las fuerzas dominantes de Estados Unidos. En 2013 el gobierno de Dilma Rousseff rompe relaciones con Estados Unidos por las filtraciones que realiza Snowden en las cuales se detallan las escuchas de los servicios de inteligencia de Estados Unidos sobre Dilma y sobre Petrobras. El Petrolao (el entramado de corrupción en Brasil en torno a Petrobras) se desata a partir de un conjunto de escuchas “judiciales” y se profundiza en el 2014 post Fortaleza.

Como se analiza en el artículo “Qué está en juego en Brasil a partir del Petrolao”, en Petrobrás (junto con el banco estatal de desarrollo (BNDES), la estatal Eletrobras y su subsidiaria Eletronuclear, etc.) se anuda el núcleo de poder del proyecto neodesarrollista nacional-popular de Brasil. Este está conformado por un sector de la fracción de grupos económicos locales-regionales (Odebrecht, Carmago Correa, etc.) y los cuadros políticos y estratégicos neodesarrollistas; los sectores nacionalistas de las fuerzas armadas y del complejo industrial-militar; las fuerzas populares y el PT en tanto partido que articula y expresa con tensiones a dichas fuerzas y a las aspiraciones populares. El cambio regulatorio impulsado por el PT y aprobado en 2010, implicó un aumento de la renta petrolera capturada por el estado y un aumento del control estatal de Petrobrás (el paquete accionario en manos del Estado pasó del 39,8% al 48,3%) para impulsar este bloque de poder nacional. Con ello retrocedieron en términos económicos y políticos-estratégicos los intereses de las petroleras transnacionales anglosajonas, que impulsan ahora la reprivatización de la petrolera semi-estatal, la liberación de la explotación de las enormes reservas de petróleo del Presal, la apertura de las contrataciones al capital transnacional, etc.

Con Temer pretenden avanzar hacia allí, romper el proyecto de regionalismo autónomo continental (que igualmente fue débil en cuanto a su consolidación real), desvincular en términos geopolíticos a Brasil de los BRICS (especialmente de China y Rusia) y reimplantar un programa neoliberal. Tienen un gran problema en el horizonte: Lula y el poder de los sindicatos, los movimientos campesinos, el movimiento estudiantil, las Iglesias progresistas, la pequeña y mediana burguesía industrial y los cuadros nacionalistas desarrollistas con importante influencia en las fuerzas armadas. Esto es lo que deben deslegitimar, desarticular y disciplinar, en un contexto de crisis del proyecto financiero global angloamericano, crisis en “Occidente”, multipolaridad y las voces de Iglesia de Francisco con enorme peso en Nuestra América que convergen en las alianzas nacionales populares. Además, el gobierno de Temer carece de toda legitimidad y popularidad para llevar el plan neoliberal adelante.

Los procesos posneoliberales en América Latina tuvieron, en muchos aspectos, un grave problema en advertir la magnitud del poder al que se enfrentaban y la escala del poder que había que construir para sobrellevar ese conflicto. En palabras de Martí, no se advirtió la magnitud los gigantes que llevan siete leguas en las botas y nos pueden poner la bota encima. Tampoco se advirtió que si no se profundizaba en el proceso de transformación se retrocedía. Sin embargo, este fin del ciclo político no implica un fin del ciclo histórico. Lo que vendrá en la región está escribiéndose y el horizonte está abierto. (3/09/2016)

* Gabriel Esteban Merino es Doctor en Ciencias Sociales, miembro del Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de La Plata y el CONICET. Además integra el Centro de estudios, formación e investigación en política, economía y sociedad (CEFIPES).

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